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El cristiano que vive en el Espíritu Santo


El cristiano que vive en el Espíritu Santo

Por: Mario Martínez Herrera (seminarista).


"Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal; más los que viven según el espíritu, lo espiritual. Pues las tendencias de la carne son muerte; mas las del espíritu, vida y paz, ya que las tendencias de la carne llevan al odio a Dios: no se someten a la ley de Dios, ni siquiera pueden; así, los que están en la carne, no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece; más si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros. Así que, hermanos míos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne, pues, si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis. En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados."

Romanos 8, 5 - 17


Queridos hermanos y hermanas para comprender lo que realmente significa vivir en el Espíritu Santo, detallaré algunas ideas fundamentales que nos ayudarán a entender lo que Dios por medio de su Palabra quiere decirnos sobre este tema.


1. Primeramente, debemos tener muy en claro que “Dios nos creó para que vivamos en su Espíritu”. Él, cuando nos creó a su imagen y semejanza (Gn 1, 26 -27) insufló sobre nosotros el aliento de vida – Ruáh (Gn 2, 7) y ya desde la creación estamos íntimamente unidos al Espíritu Santo, tanto así que no es posible la vida sin un soplo, no es posible vivir sin su mover. El Espíritu es aquel que comunica a nuestro espíritu el deseo de Dios para nosotros, es por ello que unas de las prioridades del demonio – maligno es que perdamos esa comunicación libre y diáfana con el Espíritu de Dios, porque así, de esta manera, nosotros estaremos a la deriva y sin dirección. Por ello, cuando estamos en pecado, estamos errantes sin rumbo y sin Dios. (cf. Caín - Gn 4).

Cuando empezamos a caminar en “la realidad del pecado”, comenzamos de vivir ciertos patrones de desobediencia y rebeldía, a semejanza del ángel caído que se reveló contra Dios. Entre estos patrones podemos mencionar los patrones de placer desmoderado (hedonismo), los patrones de tener desmedidamente (obsesión – dinero), y los patrones de poder sin límites (posición – jerarquía).

Ante esta realidad que todos vivimos producto de nuestros pecados, quiero iluminar la revisión de vida personal de cada uno basado en una alegoría que el Espíritu Santo me regaló para que comprendamos un poco más sobre qué cosas nos impiden vivir en el Espíritu. Para lograr este objetivo utilizaré textos bíblicos y la simbología del “Corazón”.


2. Los Corazones que impiden el fluir y el vivir en el Espíritu Santo:


a) A este primer corazón le he denominado el “Corazón de Babel” (cf. Gn 11, 1 – 9) este tipo de corazón es engreído, soberbio y termina disperso. Se cree dios, y creyéndose dios quiere ocupar el lugar de Dios y saca a Dios de su vida para vivir como quiera. La característica de este corazón es que por su dispersión no es capaz de comunicarse con el Espíritu Santo.


b) El segundo corazón es el infiel. El “Corazón infiel” (cf. Ex 19, 3-8a. 16-20) es aquel que promete y no cumple, es aquel que no es capaz de volar como águila, sino que intenta, pero solo da saltos de sapo o de rana. No logra hacer alianza ni con Dios, ni con nadie, ni consigo mismo. Su falta de lealtad le impide ser amigo del Espíritu Santo.


c) El tercer tipo de corazón es el “Corazón seco” (cf. Ez 37, 1-14) este corazón experimenta un desierto constante y anda buscando oasis mundanos para calmar el sofoco y el calor. También, es sediento que busca saciar su sed con otras “aguas” que no son “el agua de la vida”. De igual manera, este corazón es marchito y vive desesperanzado. Este corazón no se llena del agua viva del Espíritu Santo. (cf. Jn 7, 37-39).


d) El cuarto corazón es el “Corazón impenitente”, este tipo de personas no son capaces de ver su realidad, viven en una negación y en un auto engaño. Por eso, necesita la luz del Espíritu Santo para verse tal cual en y desde Dios. Este corazón vive en plena oscuridad gracias a su falta de reconocimiento y aceptación, su insensatez le deja sumido en el pecado y es instrumento del demonio, piensa que la vida es solo felicidad.


Ante esta realidad del pecado en el corazón del hombre y de la mujer, Dios brinda por medio de Cristo y de su Espíritu Santo unos remedios, y estos son:


3. Los Corazones que propician el fluir y el vivir en el Espíritu Santo:


a) El Corazón humilde, es el remedio contra el corazón de Babel, este corazón se humilla ante Dios, y reconoce que el Único poderoso es Dios, y que todo lo que tiene, sabe, y vive es por la maravillosa voluntad de Dios en su vida. De esta manera se une al Espíritu, necesitando su guianza. Ejemplo vivo de esto es el corazón de la Virgen de María (Cf. Lc 1, 46 -52)


b) El Corazón fiel – leal, es el corazón del Rey David, no es el que no peca, sino que sabe reconocer cuando peca su realidad, y va y se humilla ante Dios. Este corazón siempre pide dirección al Espíritu Santo y de Él recibe su dignidad (cf Rom. 8,16 -17).


c) Corazón inundado del agua viva (cf. Jn 7, 37 -39) es el remedio para el corazón seco, también se le conoce como el corazón creyente. Aquel que ve a Dios en todos sus acontecimientos diarios y discierne la voluntad de Dios para su propia vida y la de los demás. Este corazón sabe dónde llenarse del agua viva y busca siempre de los sacramentos.


d) Corazón penitente (cf. Salmo 51, 1 -10) este es el remedio contra el corazón impenitente. Es el que sabe que es creatura y que es limitado, y, por ende, depende de Dios. Quiere mantenerse unido a Dios y por ello, por medio de su inteligencia y voluntad hace todo lo posible para mantenerse unido y comunicado con el Espíritu Santo. Esto se llama comunión espiritual. Hace de la oración su vida.



e) Corazón recreado y renacido (Cf. Jn 3 y Jn 4) Estos corazones son los purificados por el agua y los vivificados por el Espíritu. Estos corazones solo saben adorar y alabar a Dios por todas sus bendiciones. Estos saben adorar al Padre en Espíritu y en verdad.

Muchos se preguntarán y cómo puedo saber si mi corazón vive en el Espíritu Santo, y la respuesta es sencilla, pues debes mirar los frutos de tú vida. Si tus frutos son “las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas” (Ga 5, 19 -22) entonces tu corazón y tu vida no están en el Espíritu Santo. Pero, si en cambio tus frutos son amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza, dominio de ti y si haz crucificado la carne con sus pasiones y deseos, pues entonces estás viviendo en y por el Espíritu. (cf. Ga 5, 23)

Finalmente, quiero terminar con estas palabras del profeta Isaías que dice “Y acaecerá en aquel tiempo, que su carga será quitada de tu hombro, y su yugo de tu cerviz; y el yugo se pudrirá delante de la unción.”. Hermanos y hermanas si queremos vivir en el Espíritu Santo permitamos que su unción quite nuestro yugo de pecado y de sufrimiento. Oremos juntos en este Pentecostés: “Ven Espíritu Santo, con tu santa unción y rompe mi yugo” Amén.


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